BIROSCA CARIOCA

Merida, 1991
La ciudad universitaria de Mérida, con su mezcla urbana-rural y su carácter alternativo de pueblo académico, fue reuniendo durante años a residentes de siempre, estudiantes que se quedaron, turistas nacionales que encontraron otro ritmo y visitantes internacionales que buscaban una vida distinta. La ciudad se formaba sola, sin intención ni diseño; todo se mezclaba por naturaleza.
En ese ambiente — después de décadas de esta mezcla constante — Birosca apareció.
No nació como un proyecto ni como un negocio, sino como la consecuencia natural de una ciudad que ya tenía su propio espíritu y que, tal vez sin saberlo, necesitaba un lugar así.

1991–1999
Los primeros años de Birosca fueron espontáneos, formados por estudiantes, vecinos, viajeros y jóvenes de los pueblos cercanos que encontraron aquí un espacio único para mezclarse sin jerarquías. La música alternativa, la vida universitaria y la cultura popular andina comenzaron a entrelazarse de forma natural, creando el ambiente que definiría la identidad del lugar.

2000–2009
Durante esta década, Birosca se consolidó como un referente de la vida nocturna merideña. La mezcla de géneros, el cruce entre mundos rurales y urbanos, y la presencia constante de nuevas generaciones mantuvieron vivo el espacio. No era un negocio orientado al espectáculo, sino un punto de encuentro auténtico donde la cultura sucedía sin adornos.

2010–2019
La ciudad comenzó a transformarse: migración, cambios económicos, nuevos hábitos culturales. A pesar de esto, Birosca se mantuvo como uno de los pocos lugares donde la vida cultural seguía ocurriendo con continuidad. Este periodo reforzó el carácter comunitario del espacio y su papel como refugio para quienes buscaban una expresión alternativa en medio de la
incertidumbre.

2020–2025
Desde 2017 hasta hoy, Birosca ha sobrevivido en circunstancias que en teoría deberían haberlo cerrado hace mucho. La pandemia, la crisis económica, la salida de miles de personas y la transformación radical de Mérida dejaron claro que este lugar seguía vivo solo porque su comunidad lo mantenía vivo.
En estos años enfrentamos decisiones difíciles, entre ellas la propuesta de comprar el inmueble por un millón de dólares o aceptar otras ofertas fuera de toda lógica con la realidad merideña. En lugar de entregar el espacio o convertirlo en una franquicia o un local más dentro de la tendencia de “ciudades copiadas”, escogimos algo distinto: preservar la autenticidad. Mantenernos fieles a aquello que hace a Birosca diferente en una ciudad que ha entregado partes importantes de su carácter a modelos importados y superficialmente modernos.
Birosca se sostiene en una línea gris: entre lo legal, lo emocional, lo histórico y lo práctico. Pero a pesar de esa complejidad, la decisión sigue siendo la misma: entregar el legado de este lugar a las personas que lo hicieron lo que es, y a quienes se benefician de su continuidad. No por nostalgia, sino por una convicción profunda de que una buena ciudad crea buenos ciudadanos — no ciudadanos perfectos, sino personas capaces de hacer cosas interesantes, profundas, necesarias.
En treinta y cinco años hemos estado a punto de cerrar tantas veces que el hecho de que exista un aviso que dice “Birosca Carioca” en una casa de 1912 es, en sí mismo, un milagro. Un milagro construido grano a grano por miles de personas: algunas con un gesto, otras con su vida entera.
Y ese milagro merece seguir vivo.